Tips para educar bien a un hijo y promover su autoestima

Educar a un hijo es un trabajo de fondo. No ocurre en un fin de semana largo ni se soluciona con una oración motivadora en la nevera. Se construye con pequeñas decisiones al día, con la paciencia para repetir límites y el oído atento para percibir lo que no afirman con palabras. La autoestima se teje en ese terreno: en cómo miramos, de qué forma corregimos y de qué forma celebramos los avances, incluso los discretos. A lo largo de más de diez años de acompañar a familias, he visto patrones que se repiten y otros que resulta conveniente cuestionar. Aquí comparto criterios y trucos para instruir a los hijos sin perderse en tendencias, y para sostener su autoconfianza sin inflarla ni pincharla.

La voz que se queda por dentro

La forma en que hablamos con los pequeños se convierte en su voz interior. No es una metáfora bonita, es un hecho perceptible. El pequeño que escucha “te confundes, pero puedes aprender” procura de nuevo. El que recibe “siempre lo haces mal” se repliega o se defiende. Una madre me contó que su hijo de ocho años, Mateo, se bloqueaba con las divisiones. Decía “soy tonto”. No servían las fichas extra ni los castigos. Lo que cambió la activa fue una frase sencilla: “Esto te está costando ahora, y está bien que cueste. Vamos por partes.” Tras un par de semanas, Mateo seguía luchando con las divisiones, pero ya no se insultaba. La autoestima no es pensar “soy el mejor”, es creer “soy capaz de aprender”.

Para convertir esa idea en práctica, resulta conveniente distinguir entre describir la conducta y etiquetar a la persona. “Has chillado a tu hermana” abre una puerta al diálogo. “Eres un agresivo” la cierra. La autoestima se robustece cuando los niños sienten que pueden escoger mejor la próxima vez.

Vínculo y límites: las dos columnas

Hay dos pilares que sostienen a un hijo: el vínculo y los límites. Si falla uno, todo tiembla. Un vínculo cálido y disponible sin límites claros genera niños encantadores que no aceptan la frustración. Límites duros sin vínculo terminan en obediencias por temor que estallan en la adolescencia. El equilibrio no es simétrico, es sensible al instante y al temperamento del hijo.

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He visto familias en las que un límite simple como “no se pega” se vuelve guerra. El inconveniente no era el límite, sino más bien la forma de aplicarlo. Un padre que gritaba para parar la agresión, con la quijada apretada, encendía más la escena. Cuando probó acercarse, mantener suavemente los brazos del pequeño y decir con voz firme, no alta, “te asisto a parar, no dejo que hagas daño”, el mensaje caló. El vínculo contenía, el límite web para padres enseñaba. Más importante que ganar en el minuto uno es edificar un patrón que el pequeño pueda anticipar.

La disciplina que enseña, no humilla

La palabra disciplina viene de acólito. Enseñar con disciplina es ayudar a aprender, no a temer. Las consecuencias pueden ser útiles, siempre y cuando sean relacionadas, proporcionales y explicadas. Quitar la bici por charlar fuerte en la mesa es una consecuencia desconectada, que confunde. Interrumpir el juego por chillar a un amigo para ensayar cómo pedir turno sí tiene sentido.

Una pauta que funciona bien es el ensayo conductual. Si el niño empuja para pasar primero por la puerta, en vez de un sermón eterno, se vuelve atrás y se repite la escena. “Probemos nuevamente. ¿Cómo pasas si alguien está delante?” Dos o tres repeticiones valen más que diez minutos de regaño. Este procedimiento preserva la autoestima porque transmite “confío en que puedes hacerlo” y evita etiquetas.

Elogio que suma, no que infla

El elogio indiscriminado confunde. Los niños detectan la falsedad como un radar. Si todo es “genial”, nada lo es. Es preferible elogiar procesos concretos que resultados grandilocuentes. “Noté que borraste y rehiciste esa palabra sin enfadarte” aporta información que el niño puede repetir. “Eres un artista” suena bonito, mas no orienta el ahínco.

También resulta conveniente ajustar el elogio al punto de inicio. Si a tu hija le cuesta el orden, festejar que guardó sus lapiceros ya es un paso. Si lo haces con el mismo entusiasmo que cuando limpia su habitación, el mensaje pierde valor. La gradación importa.

La autonomía se practica, no se predica

Queremos que sean autónomos, mas a veces les atamos los cordones hasta los 9 años por prisa. La autonomía requiere tiempo y tolerar el desorden. Cuando aprendemos a montar en bici, nos caemos. Con los hábitos pasa igual. Enseña a tu hijo a prepararse la mochila la noche anterior, si bien tardes 5 minutos más. Déjale resolver un inconveniente con un compañero ya antes de llamar al maestro, salvo que haya peligro. Deja que tenga pequeñas responsabilidades en casa, con expectativas acordes a su edad. Un pequeño de seis puede emparejar calcetines, uno de diez puede poner la mesa, uno de 12 puede cocinar una receta sencilla con supervisión.

Un padre me contó que empezó a pagar a su hija de trece años una mensualidad modesta para gastos menores. Cometió errores las primeras un par de semanas, se quedó sin dinero por comprar chuches, y ensayó el valor de planear. Aprendió más sobre gestión que en cualquier charla.

Normas claras y pocas

Una casa con cuarenta reglas es una casa con confusión. Es mejor tener pocas normas, bien elegidas y conocidas. Suelen ser suficientes las que resguardan a las personas y a las cosas, las que garantizan la convivencia y las que se refieren a horarios. Las normas ganan autoridad cuando los adultos las cumplen. Si pides que no se use el móvil en la mesa y lo miras en todos y cada notificación, el mensaje real ya está mandado.

Aquí ayuda un recurso práctico: escribir juntos las 3 o 4 reglas de la casa y colgarlas a la vista. No como un edicto, sino como un pacto. Comprobarlas cada cierto tiempo evita que se conviertan en una reliquia. Y permite que los hijos participen en su mejora, lo que sube su compromiso.

Manejar las pantallas sin demonizar ni idealizar

Las pantallas son una parte del ambiente. Ni son el enemigo ni una niñera infalible. El inconveniente no es solo el tiempo, sino la calidad y el instante de uso. Un videojuego cooperativo en la sala, comentado y con límites de horario, es muy distinto a dos horas en solitario con vídeos de contenido impredecible ya antes de dormir.

En familias que asesoro, funciona mejor pensar en ventanas de conexión en vez de limitaciones absolutas. Por poner un ejemplo, una franja de cuarenta y cinco a sesenta minutos después de deberes y merienda, sin pantallas en dormitorios ni a lo largo de comidas, y con un día a la semana libre de dispositivos para todos, adultos incluidos. Cuando el adulto se incluye en la norma, el entorno cambia. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que oyen.

Cuando el carácter es intenso

No todos los niños responden igual a exactamente las mismas técnicas. Hay temperamentos más desafiantes que prueban la paciencia. Con ellos, las escaladas sensibles son frecuentes. Un patrón útil es prevenir, no solo apagar incendios. Adelanta transiciones, usa señales visuales, reduce órdenes simultáneas. En sitio de “recoge, lávate los dientes, ponte el pijama y ven a leer”, da una consigna, espera, valida el avance, y recién entonces pide la próxima.

Una madre con un hijo hiperreactivo incorporó un semáforo casero para las tardes. Verde: tiempo de jugar, Amarillo: quedan diez minutos, Rojo: toca baño. No eliminó todas las quejas, mas bajó la intensidad. La autoestima de ese pequeño creció cuando empezó a sentirse capaz de transitar las rutinas con éxito, no cuando dejó de lamentarse.

La regulación sensible se modela

No puedes pedir calma con voz colérica. Enseñar bien demanda mirar de qué manera nos regulamos los adultos. Un truco que enseño es narrar en voz baja lo que haces para aliviarte, sin dramatismo. “Estoy molesta. Voy a respirar dos veces y después charlamos.” A ciertos padres les parece ridículo. Luego descubren que sus hijos imitan la secuencia y la transforman en herramienta propia.

Los pequeños precisan un repertorio de opciones para administrar emociones: respirar, solicitar un abrazo, dibujar lo que sienten, salir al balcón a tomar aire, saltar la cuerda. Cuando las opciones alternativas están practicadas en calma, aparecen en el instante de tensión. Si solo se nombran en los sermones, no se activan.

Tiempo singular que sí cuenta

Muchos progenitores repiten “no tengo tiempo” y terminan entregando migajas de atención o compensando con regalos. Diez o quince minutos diarios de tiempo especial, atento y sin distracciones, tienen un efecto desmedido en la conducta y en la autoestima. No hace falta una actividad excepcional, basta con proseguir el interés del niño: Lego, dibujar, jugar al veo-veo, leer. A lo largo de esos minutos, el móvil fuera de la vista y el juicio en pausa. El pequeño siente que importa, y su comportamiento en el resto del día suele mejorar.

Un padre con dos trabajos encontraba imposible este espacio. Decidió hacerlo en la rutina que ya era inevitable: el camino a la escuela. Dejó de poner radio y transformó los 12 minutos de trayecto en su tiempo singular. En un mes, el vínculo se apreció. En ocasiones la calidad pesa más que la cantidad.

El poder de las historias familiares

La autoestima no es solo personal, también es narrativa. Saber de dónde venimos y de qué manera la familia afronta los retos crea un suelo firme. Cuenta historias reales: de qué manera la abuela aprendió a leer a los catorce, cómo mamá cambió de carrera a los treinta, de qué manera el tío superó un examen a la tercera. No romantices ni ocultes las contrariedades. El mensaje es “en nuestra familia las cosas cuestan y se persevera”. Esta perspectiva amortigua el impacto de los fracasos escolares o deportivos, y ayuda a ubicarlos como capítulos, no como finales.

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Expectativas que protegen

Las expectativas actúan como barandillas. Demasiado bajas, y el niño no se esfuerza. Demasiado altas, y se desalienta o busca atajos. Sintonizar las esperanzas con la edad y con la persona requiere observar mucho y cotejar poco. Evita las oraciones cruzadas entre hermanos o compañeros. Cada niño tiene su ventana de maduración. He visto chicos que “despiertan” académicamente a los once y otros a los 8. Empujar ya antes de tiempo genera rechazo. Acompañar con desafío razonable genera desarrollo.

En la práctica, traduce esperanzas en pactos medibles. “Leerás 15 a 20 minutos, 5 días a la semana” es más claro que “tienes que leer más”. Ajusta cada dos o 3 semanas conforme lo que observes. Los objetivos son herramientas, no diplomas.

Reparar en el momento en que nos equivocamos

Todos los progenitores pierden la paciencia. Lo decisivo es lo que pasa después. Solicitar perdón sin justificarse enseña humildad y repara el vínculo. “Grité. No estuvo bien. La próxima voy a tomarme un minuto antes de charlar.” Es más poderoso que diez explicaciones sobre el agobio del trabajo. La reparación modela una autoestima sana, que puede reconocer fallos sin desmoronarse.

Una pareja que gritaba con cierta frecuencia decidió crear una señal familiar para frenar las discusiones: tocarse la oreja. Parece un detalle, mas les dejó frenar y retomar con mejores maneras. Sus hijos empezaron a usar la señal entre ellos. Esa cultura de reparación sistemática redujo la tensión en casa.

Escuela, maestros y un frente común

Los maestros son aliados, incluso cuando hay desacuerdos. Evita criticar al docente delante del pequeño. Regula por privado, comparte información relevante y acuerda estrategias consistentes. Si tu hijo vive dos sistemas incompatibles - en casa todo vale, en la escuela todo es severo -, el que padece es él. Cuando escuela y familia comparten criterios básicos, la autoestima del niño se estabiliza porque entiende qué se espera y por qué.

No siempre y en toda circunstancia vas a poder escoger al maestro. Sí puedes escoger tu actitud. En un caso, una madre consideraba que el docente era demasiado recio. En sitio de contradecirlo frente al pequeño, elaboramos una rutina en casa para practicar tareas con pausas cronometradas y descansos activos. El docente admitió ajustar la carga. El pequeño pasó de llorar a cumplir. La alianza funcionó donde el enfrentamiento no podía.

El elogio entre hermanos y el veneno de la comparación

La comparación constante entre hermanos desgasta la autoestima de todos. Cada logro se percibe como competición. Cambia el foco: celebra lo que cada uno de ellos aporta y promueve el elogio horizontal. Solicita que reconozcan al otro con oraciones concretas. “Me agradó de qué manera me asististe con la labor.” Al comienzo suena forzado, pronto se vuelve hábito.

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En una familia con 3 hijos, instituyeron el “minuto de gratitud” antes de cenar. Cada uno de ellos afirmaba algo que valoraba del día y algo que valoraba de un hermano. Rebajó riñas, y, más interesante, elevó la confianza mutua. Cuando los hermanos se perciben como equipo, las competencias escolares o deportivas pierden filo.

Dos listas prácticas para el día a día

Checklist de cinco hábitos que robustecen la autoestima:

    Hablar al niño con descripciones específicas de lo que hace bien y de lo que puede prosperar. Ofrecer responsabilidades reales en casa, proporcionales a su edad. Reservar diez a quince minutos de tiempo especial sin pantallas, todos los días o al menos cuatro días por semana. Aplicar consecuencias relacionadas y ensayar conductas opciones alternativas en frío. Modelar la regulación emocional y reparar con disculpas claras cuando toca.

Guía breve para instantes de berrinche:

    Parar primero la acción, no el sentimiento. “No te dejo pegar. Estoy contigo.” Bajar la intensidad del ambiente: menos ruido, menos ojos encima, menos palabras. Validar y nombrar: “Estás frustrado por el hecho de que no salió como querías.” Ofrecer una vía concreta: “Golpea el cojín, respira conmigo, vamos al rincón tranquilo.” Cerrar con un miniensayo: cuando se calme, practicar en 30 segundos la conducta aguardada.

Alimentar la curiosidad: proyectos y preguntas

La autoestima florece con experiencias de dominio. No es solo aprobar un examen, es completar un proyecto que importe. Edificar una maqueta, cultivar una planta, grabar un pequeño podcast, aprender a hacer pan. Los proyectos permiten cometer fallos con sentido y ver progresos en días, no en trimestres. Si puedes, acompaña con preguntas que abran pensamiento, no que examinen. “¿Qué te sorprendió?” tiene más efecto que “¿qué aprendiste?”. A veces el motor de un pequeño no es la nota, es el interés por cómo marcha una cosa. Aprovecha esa llave.

En una escuela, un conjunto de alumnos creó una estación meteorológica casera con materiales económicos. No todos destacaban en ciencias. No obstante, todos tenían un rol: medir, anotar, presentar. La mezcla de tarea concreta y cooperación levantó la confianza de pequeños que suelen quedarse al lado.

Cuerpo, sueño y comida: la base silenciosa

Un niño cansado es un pequeño irritable. Un niño con hambre es un pequeño con poca paciencia. No hay truco de crianza que sustituya el sueño suficiente y la comida razonable. Las horas recomendadas varían, pero la mayor parte de niños en edad escolar necesita entre nueve y 11 horas de sueño. Observa señales: si por la mañana está bastante difícil de despertar o cabecea en el vehículo, probablemente falte descanso. La rutina anterior al sueño sin pantallas, con un ritual predecible, baja la agitación. Un baño templados, un cuento breve, una luz tenue. Evita discusiones a esa hora, negocia antes.

En la mesa, no conviertas cada comida en examen nutricional. Ofrece pluralidad y estructura en horarios, y deja que el niño decida cuánto comer de lo ofrecido. Forzar suele producir rechazo, y en ocasiones deriva en batallas que desgastan el entorno familiar. Comer juntos múltiples veces a la semana, sin TV, ayuda a que todo lo demás vaya mejor.

Cuando hay señales de alerta

Hay situaciones que requieren ayuda profesional. Si tu hijo evita sistemáticamente actividades por miedo al fallo, si su discurso sobre sí mismo es persistentemente negativo, si aparecen regresiones notables o explotes desmedidas a lo largo de más de varias semanas, consulta. Pedir ayuda no te convierte en “mal padre”. Al contrario, es una decisión de cuidado. A veces basta con unas sesiones para ajustar estrategias y desactivar ciclos perjudiciales.

También es conveniente ojo con el perfeccionismo. Acostumbra a disfrazarse de “buen rendimiento”, mas por la parte interior corroe. Un niño que se desmorona por una B cuando esperaba una A no necesita más demanda, precisa flexibilidad cognitiva. Trabajar con oraciones alternativas, como “prefiero que salga perfecto, mas puedo convivir con lo suficiente”, libera mucha presión.

Palabras que dejan marca

Hay expresiones que conviene desterrar: “me decepcionas”, “no sirves”, “eres un desastre”. No solo hieren, son falsas. Un niño no es su peor instante. Cámbialas por descripciones de impacto y expectativa. “Cuando no avisas y llegas tarde, me preocupo. Necesito que mandes un mensaje.” No endulza la situación, la orienta. Recuerda que el objetivo de estos consejos para ser buenos padres no es ganar una discusión, es formar criterio.

Del mismo modo, resulta conveniente vigilar los diminutivos cuando restan. “Mi campeón”, “mi princesita” pueden ser cariñosos, mas si se usan como escudo ante todo, impiden nombrar lo difícil. Cariño y claridad pueden convivir.

Cerrar el círculo: presencia y rumbo

Si tuviese que condensar los mejores consejos para instruir a los hijos en una oración, diría: presencia con rumbo. Presencia, porque la crianza se apoya en estar, mirar, escuchar. Rumbo, pues los límites, los hábitos y las expectativas dan dirección. Entre las dos cosas se enciende la autoestima, no como fuego artificial, sino como una brasa firme que calienta el carácter.

Aplica consejos para instruir bien a un hijo como herramientas, no como dogmas. Adapta, prueba, observa. Comparte lo que marcha con otros progenitores y escucha sus trucos para enseñar a los hijos con curiosidad, no con juicio. La crianza no es una carrera de perfección, es un camino compartido, con días grises y hallazgos luminosos. Lo esencial no es no fallar, sino más bien volver a intentarlo, juntos.